Toda verdad atraviesa tres fases:

 Primero es ridiculizada; Segundo, recibe violenta oposición; Tercero, es aceptada como algo evidente.

Arthur Schopenhauer

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AUTOR

Peace Love Vegan

PUBLICADO

19 de Diciembre de 2019

A  cuantos metros de distancia tiene que estar la injusticia para que nos suene la alarma?

A cuantos metros de distancia tienen que estar acuchillando la garganta de un bebé para que reaccionemos? Para que nos apiademos? Para que empaticemos?

A cuantos metros tiene que estar sufriendo un animal, para que nos importe?

El veganismo rompe esa distancia.

La conexión está presente. La injusticia es constante.

Donde nuestra familia y amigos ven un solomillo nosotras vemos un bebé que luchó por vivir. Un bebé aterrorizado, separado de su madre con días de vida. Un bebé forzado a nacer para ser torturado, degollado, descuartizado, devorado y defecado.

Donde nuestra familia y amigos ven un solomillo, nosotras vemos sus lágrimas, escuchamos sus gritos y sentimos su dolor.

Donde el resto del mundo ve un solomillo, un filete o una bandeja de jamón, la persona vegana que se sienta a su lado, está pasando tristeza, angustia y malestar emocional.

Las comidas sociales, son una agonía. Y no solamente por los sentimientos que tenemos que esconder mientras transcurre la velada. Tenemos que hacer el esfuerzo de concentrarnos, tenemos que prestar atención a las conversaciones, tenemos que intentar olvidar que se están comiendo nuestros principios mientras nos eruptan a la cara con aliento a esclavo ejecutado .

Rezamos para que no salga el tema vegano, no queremos hablar de ello porque hablar de veganismo en una comida llena de cadáveres de animales, nunca acaba bien. La personas no veganas se ponen a la defensiva y hacen preguntas cuyas respuestas no quieren escuchar, y eso es un problema a la hora de llevar a cabo una conversación pacífica y tranquila.

Por eso hoy, dadas las fechas en las que estamos, quería hablaros de lo que para mi, es lo único duro de hacerse vegano.

Las personas.

En concreto, vamos a hablar de nuestro entorno, nuestras familias, de la evolución que ha habido en estos seis años.

La frase que veis sobre la imagen es un claro ejemplo de lo que pasa en el mundo y en la sociedad y sin ir más lejos, solo tenemos que poner de ejemplo a nuestro entorno.

Los eventos sociales, las comidas, los lunch, las reuniones de empresas, las bodas, los bautizos, las comuniones, las navidades, las celebraciones, etc… Prácticamente todos los eventos sociales ocurren alrededor de una mesa llena de comida. Muchísima comida. Parece que las personas no sabemos quedar para otra cosa mas que para comer. Y eso, para nosotras, las personas que estamos concienciadas de una manera ética con el veganismo, es un gran inconveniente. Y no me refiero a la falta de opciones veganas en los restaurantes, sino al trabajo interno que tenemos que hacer para sobrellevar todas esas emociones.

Esta situación es más complicada sobre todo, en los primeros meses como veganas, acabamos de hacer la conexión, no sabemos canalizar nuestros sentimientos, no sabemos expresarnos como deberíamos, tenemos demasiadas imágenes duras grabadas en nuestras retinas que hacen que el dolor esté muy presente. Habla el enfado, nos duelen las bromas, solo queremos gritarles, queremos zarandearles, queremos que sepan que no tienen que comer animales, queremos que paren, queremos que nos escuchen, queremos que nos crean, queremos que vean lo que hemos visto, porque si lo hacen, sabemos con certeza que nos van a entender. Queremos convencerles de que no es necesario, queremos que nos miren a los ojos y que sientan lo que sentimos, para que nos entiendan y nos ayuden.

Pero eso no va a ocurrir de la manera que queremos. No vamos a llegar a ellas como queremos, que es con urgencia y rapidez.

Las personas necesitan su tiempo.

Por desgracia, es más fácil engañar a alguien, que convencerle de que está siendo engañado.

En nuestra propia casa, contamos con dos ejemplos distintos, la familia de Mikel y la mía, han llevado nuestra transición al veganismo de una manera muy distinta.

Cuando llegaron nuestras primeras navidades después de dar el paso al veganismo, aún mi familia no era consciente de nuestra implicación con la causa, aún se lo tomaban a risa pensando que era algo pasajero y mi padre seguía con sus bromitas de la primera fase “ya bueno… a ver cuanto aguantáis que el jamón está muy rico”  “Y una anchoita no te pongo? chica, por una que comas no te va a pasar nada, nadie se va a enterar” Leones, plantas, proteínas, islas desiertas…

Semanas antes de Navidad Mikel y yo explicamos a nuestras familias lo que para nosotras es sentarnos en una mesa de cadáveres y les dijimos que no queríamos pasar por ese mal rato.

Les propusimos que como las Navidades son dos días al año, que para dos días que no coman carne tampoco se van a morir, que si querían, las podíamos hacer veganas. Mi abuela no daba crédito, mi madre con el disgusto de mi abuela estaba entre la espada y la pared y mi padre… bueno mi padre no decía mucho. No querían hacer las navidades veganas y no les parecía justo que “les obligásemos”. Y de las “risas” pasamos a la segunda fase, la oposición.

Mikel y yo nos mantuvimos tranquilos y firmes, no estábamos obligando a nadie, estábamos buscando una solución, si no querían tampoco pasaba nada, si querían comer carne, la iban a comer, simplemente, les dimos a elegir dos opciones. Podían elegir carne sin nosotras, o vegano todas juntas. La respuesta no quedó clara durante las siguientes semanas y nos lo tomamos como un NO.

En casa de Mikel fue muy distinto, cuando les explicamos y les propusimos nuestra idea, nos dijeron que lo primero y lo más importante, es juntarse y estar en familia (lloré por dentro de felicidad) , y que por supuesto, si teníamos que comer vegano se comía, asi que ya teníamos adjudicado el techo familiar para cenar esa navidad.

Pocos días antes de la cena, me llamó mi madre para decirme que vale, que aceptaban. Pero menú vegetariano, que por favor lo hiciéramos por mi abuela. Asi que finalmente, vimos el esfuerzo por su parte y obtuvieron lo mismo por nuestra parte, aceptamos a pesar de que fuera vegetariano en lugar de vegano.

Y ya que finalmente las dos familias aceptaron, decidimos pasarlas juntas en nuestra casa. Cocinamos Mikel y yo para todas.

He de puntualizar que Mikel y yo apenas llevábamos saliendo unos meses y ya habíamos juntado a las dos familias para cenar en navidad y no contentas con eso, les pusimos un menú vegano para cenar. Mi abuela se trajo su tortilla y su ensaladilla vegetarianas de casa.

Esas navidades mi abuela no comió mucho, solo tocó su tortilla hecha con huevos de sus gallinas y su ensaladilla rusa no vegana (Con Mayonesa musa que por cierto siempre la he odiado). Es bastante reacia a los cambios, pero no porque sea comida vegana en sí, todo lo que sea distinto a lo que ella come está malo, si viajara a algún otro país se moriría de hambre, todo lo que es diferente a lo que ella conoce, es raro, tanto la comida como las personas, es bastante… limitada en ese aspecto, luego tiene otras maravillosas cualidades que quizás os cuente en otro momento…

Los años siguientes, fuimos repitiendo las navidades veganas, y ya no solamente las navidades, los cumpleaños, las celebraciones, las salidas a restaurantes, etc. y  mi abuela, con los años, se ha empezado a soltar, el año pasado probó nuestro cachopo relleno de pimientos confitados (hecho con seitán) y se lo comió casi entero. Eso si, no faltó la típica frase “bueno si, se deja comer” jaja es dura de pelar.

Ana, la amatxu de Mikel, aparte de preparar el mejor seitán en salsa del mundo, se pasó a nuestro lado verde, dejó de comer carne hace más de dos años, aún comía algo de pescado (en ocasiones muy puntuales) y hace unos meses, Maia le preguntó con ojitos llenos de esperanza a ver si ella comía animales. Ana le dijo que no. Desde entonces no ha vuelto a comer pescado, y según dice, tampoco lo hará.

Iratxe, la hermana de Mikel también empezó a restringir los alimentos de origen animal y se pasó al vegetarianismo.

Seis años después de aquella primera navidad, en nuestra cena de este año ya somos 3 personas veganas, 2 vegetarianas y el resto aún no ha dado el paso al veganismo (ni creo que lo haga), pero si que han reducido el consumo de animales muertos de una manera considerable.

Desde que Maia ha nacido, aún se toman más en serio el veganismo y a nosotras.

Seis años después de nuestras primeras navidades como veganas…

Ya no se pregunta si la cena va a ser vegana, se da por hecho.

Ya no hay bromas. Hay respeto.

Ya no hay violenta oposición, llegó la tercera fase.

El veganismo ha sido aceptado como algo evidente.

Con esto que os cuento, no os quiero animar a que pongáis a vuestras familias entre la espada y la pared ni que actuéis de la misma manera que hicimos nosotras,  cada familia es diferente y van a llevar vuestra transición al veganismo de una manera distinta, como ocurrió en nuestras casas. Cada familia es un mundo y lo que a nosotras nos ha servido, quizás a vosotras no. Mi abuelo era cazador, mi prima taurina hasta médula, y en mi casa siempre han servido los animales de comida, se mataban en mi propia casa. Esto no es fácil para nadie, pero es posible, os prometo que es posible. Nuestra manera de hacer las cosas, nos sirvió para que nos tomaran en serio. Sirvió para que se dieran cuenta de que lo estábamos pasando mal. Sirvió para que todas pudiéramos pasar una noche… de Paz.

A veces tenemos que poner límites, para que aunque los vayan a traspasar, sepan lo que nos duele. Tenemos que intentar hablar con el corazón en la mano y expresarnos con calma. Aunque no compartan los motivos por los que estamos tristes, debería bastarles el vernos tristes para intentar ayudarnos y tomarnos en serio.

Os deseamos toda la fuerza, la paciencia y todo el amor del mundo, se acercan fechas muy complicadas y esperamos que podáis disfrutarlas con el respeto y la consideración de vuestro entorno.

Un abrazo compañeras.